domingo, 18 de noviembre de 2012

BOLIVIA, ABAROA Y EL DERECHO SOBERANO A TENER MAR.

Por: Juan Carlos Flórez Granda
          jcflorezg@gmail.com

Hace unas semanas viaje por trabajo a La Paz, Bolivia. Fue una ocasión perfecta para aprovechar de mis ratos libres en conocer su gente, cultura y sobre todo conocer la visión boliviana sobre la guerra de 1879, materia de mi interés.
Como primer objetivo aproveché el domingo para visitar el Museo del Litoral Boliviano, situado en la calle Jaén. El boleto costaba 4 bolivianos para extranjeros, alrededor de S/.1.50  y da acceso a dos museos más: Metales Preciosos y Museo de la Casa de Pedro Murillo.



El museo del litoral está muy bien logrado. Tiene una muy buena y completa colección de copias de mapas y otro de copias y transcripciones de documentos, todos conservados en marcos de madera dentro de un mueble con la finalidad que el interesado pueda sacarlos y observar su contenido. Cuenta también con una serie de fotos de Antofagasta y otras del período de la guerra con Chile. En otro de sus ambientes conserva un salón de uniformes y estandartes muy bien logrado, entre los cuales puedo destacar el de los Colorados, petos de los coraceros y una muy bien lograda colección de cerca de 300 fotos retratos de personalidades bolivianas de esa época.
 
Cabe rescatar de este museo la figura de Eduardo Abaroa, héroe máximo boliviano que murió valientemente en la defensa de Calama.

Lamentablemente no me dejaron tomar fotografías por más gestiones que hice para ese fin, argumentando realizar un artículo para publicar y asegurándoles que no iba a utilizar flash en mi cámara. Este tipo de muestras deberían permitir la toma de fotos sin flash y más cuando es necesaria la difusión de este tipo de museos.
Uno de los cañones que adornaban la entrada al del museo.
 
Solo me permitieron tomar fotos exteriores y como caso especial un par de cañones tipo colonial que estaban fuera de los ambientes internos.

Dentro de este museo resalto especialmente el salón de armas, donde se puede ver el tipo de sistema utilizado por los bolivianos en esa época, el fusil Máuser modelo 1871. Pero mi curiosidad por las armas me llevó más allá y lo cuento como anécdota ya que al inclinarme para ver si encontraba alguna inscripción en las maderas, me di con la sorpresa de ver un Martini Henry (similar al Peabody Martini) con algunos grabados lineales en la culata y guardamanos. Pareciéndome que también había una inscripción en la caja de metal del arma procedí a frotar fuertemente con mi dedo esa área dando como resultado una inscripción que rezaba: “Eduardo Abaroa”. ¿Qué hacía el fusil de Abaroa confundido entre las armas? No lo sé y tampoco supo darme respuesta la encargada. Ese fusil merece estar en una vitrina aparte.
Para los interesados, este Martini Henry está casi al final de la fila de armas hacia el lado de la puerta.

Durante mi estadía en el museo vi numeroso público, sobre todo delegaciones de jóvenes que miraban con curiosidad la muestra del museo.

Salí del recinto una sensación de frustración por no haber podido tomar fotos pero a la vez satisfecho de la muestra bien lograda de este museo el cual lo recomiendo.
Monumento a la Rabona
Seguidamente me dirigí al museo del Regimiento Colorados, que está a unas cuadras arriba y dentro del cuartel del mismo nombre, pero al llegar me indicaron amablemente que solo atendían a grupos grandes y con la debida anticipación. Agradecí la información y regresé no sin antes tomar fotografías del monumento a la Rabona boliviana.

Por todos los sondeos que hice durante mi estadía, el pueblo boliviano tiene claro dos temas fundamentales: La figura de Eduardo Abaroa como héroe máximo boliviano y la condición irrenunciable de un acceso soberano al mar.
Monumento a Eduardo Abaroa en la plaza del mismo nombre
El primer tema gira en torno al máximo héroe civil boliviano, Eduardo Abaroa, segundo jefe del Cuerpo de  Rifleros quien murió en la defensa de Calama el 23 de marzo de 1879. 135 bolivianos mal armados resistieron el embate de 1500 chilenos, de los cuales Abaroa con 12 rifleros defendían el puente Topater por más de dos horas. Cuando ya todos estaban ultimados, aun quedaba Abaroa de pie, sin municiones y mal herido, y ante la intimación de rendición por parte de los chilenos, estampó la célebre frase: “¿Rendirme?... ¡Que se rinda su abuela, carajo!", para luego ser fulminado por 3 disparos.

El segundo tema es mucho más complejo y hay que juzgarlo de acuerdo a la visión boliviana.  El tratado del 20 de octubre de 1904 por la cual Bolivia cedía su litoral a Chile fue pensado sobre una falsa premisa que Bolivia podía subsistir con una vía de ferrocarril unido a un puerto propio. En este caso Arica.
Roberto Querejazu, en su libro “Chile enemigo de Bolivia” indica lo siguiente: “Los líderes del Partido Liberal que concertaron el Tratado de Paz con Chile, a fin de librar a Bolivia de las opresivas condiciones en que vivía bajo el régimen establecido por el Pacto de Tregua, firmado 20 años antes, y que creyeron que los ferrocarriles podían subsistir con ventaja a un puerto propio, no tardaron en darse cuenta de su error. Desde luego, el Tratado del 20 de Octubre de 1904, al ser presentado al Congreso para su ratificación, fue combatido acremente por muchos legisladores. Se lo aprobó gracias a la disciplina del partido gobernante por una mayoría de 12 votos…Personajes potosinos, interpretando el sentir de muchos de sus compatriotas lo calificaron como el tratado más desastroso para la patria, el más lesivo a su soberanía, el más humillante, porque no era más que una venta simulada a vil precio, que Chile pagaba con una miserable parte de los ingentes ingresos que le producía el mismo territorio que compraba…”


Monumento a Juan José Pérez al comienzo
de la calle del mismo nombre
Citando al mismo autor encontramos otras líneas que pueden dar más luces al tema: “…El señor Bello Codecido (abogado chileno N.R.) ha reconocido en un libro, cuál fue una de las ocultas intenciones de su país al suscribir el tratado: Bolivia pasaba a ser aliada de Chile en la solución del problema con el Perú (por hacerse de Arica punto de partida del ferrocarril a La Paz) y los grandes intereses que se radicaban para uno y otro país en Tacna y Arica vinculaban ese territorio indiscutiblemente y para siempre al dominio de Chile”.
El problema del entrampamiento de Bolivia y una salida al mar al parecer fue producto de varios errores de visión de la época que hasta el día de hoy no hay visos de solución directa alguna.

Es resaltante destacar el conocimiento genérico a todo nivel sobre lo sucedido en la pasada guerra de 1879. Los nombres de muchas de sus calles, y sus monumentos guardan el recuerdo vivo de sus héroes y está presente siempre en su cultura. La hospitalidad y atenciones que recibí fueron de primera.


Ni hablar de los paisajes en las afueras de la ciudad con el lago Titicaca de protagonista.
Palacio Legislativo

Catedral de La Paz

Palacio de Gobierno
Su ciudad es característica de las zonas altiplánicas con lugares residenciales muy acogedoras y modernas.  Resalto la Plaza Murillo, centro gubernamental y legislativo de Bolivia con hermosas vistas de la catedral de Nuestra Señora de La Paz, el palacio de gobierno o palacio quemado y el palacio legislativo, realmente un contraste fantástico con la geografía e historia del lugar.

La Paz es un sitio que todo interesado en el estudio de la guerra del guano debe de ir para conocer de cerca la visión boliviana. Solo espero que en un próximo viaje pueda por fin obtener vistas fotográficas del museo y colecciones documentales.

domingo, 3 de junio de 2012

El Juramento de los Héroes

Por: Juan Carlos Flórez Granda

En vísperas de un año más de la celebración de la batalla de Arica, sucedido el 7 de junio de 1880, transcribo fragmentos de textos históricos del historiador Gerardo Vargas Hurtado, sobre un hecho poco difundido que precedió a este hecho de armas y que el texto a continuación lo explicará con más detalle.

Buscando más documentación, agrego un comentario del mismo historiador referente al juramento de los héroes, citado en el drama teatral de su autoría y mismo título “El Juramento de los Héroes, drama histórico en tres actos, un cuadro y una alegoría”, escrita en 1910 y publicada recién en 1932, edición original que guardo en mi biblioteca particular como un importante guión teatral escrito por una persona que ha podido nutrirse de testigos presenciales de esta batalla, ejecutado los guiones ajustándose a la realidad de lo sucedido llevándolo a un lenguaje teatral de época y el haber vivido parte de las consecuencias hasta ser expulsado de Arica junto a los demás peruanos residentes.

“…Debo a informaciones del extinto sargento mayor, señor Fermín Federico Sosa, que desempeñó el cargo de subprefecto de Arica hasta el 7 de junio de 1880, el relato de este conmovedor acto, realizado en la casa que ocupó el coronel Ugarte, sita en la calle “2 de Mayo” de este puerto, frente a la imprenta de “El Morro de Arica”. Esta finca, que se conserva tal como entonces, pertenece a la distinguida señora ariqueña Susana Pescetto de Mongillo…”
Vista de época del Morro y puerto de Arica.

 El Juramento de los Héroes
(NdR: Fragmento del libro La Batalla de Arica, páginas 75, 76 y 77. 1ra. edición. Imprenta americana 1921)

 No hemos podido averiguar con exactitud el día en que tuvo lugar el episodio en que vamos a ocuparnos y del cual ningún historiador del combate de Arica hace mención, acaso porque no tuvieron noticia de él, o porque no le reconocieron importancia – que la tiene y grande. – Nosotros creemos que fue el día siguiente al en que verificóse el primer consejo de guerra.

Incurriríamos en omisión imperdonable si no lo consignásemos en estas páginas, mucho más cuando tiene él puntos de similitud con aquellas escenas caballerescas medioevales de que nos habla la historia. Por eso lo bautizamos con el título de El Juramento de los Héroes.

El tantas veces recordado sub prefecto Sosa nos instó alguna vez a que narrásemos en “El Morro de Arica” – llenando así vacío de que se resiente la historia – el banquete con el que el coronel Alfonso Ugarte obsequió a los jefes de la guarnición, en su casa particular, sita en la calle “2 de Mayo”, hoy propiedad de la señora Susana Pescetto de Mongillo.

A las 8 de la noche la totalidad de aquellos rodeaban la mesa. El anfitrión y el doctor Sáenz Peña, segundo jefe del batallón “Iquique”, hacían los honores de casa. No fue un banquete, ni mucho menos, el con que Ugarte agasajó a sus compañeros de armas, en vísperas del combate; fue apenas una comida de confianza. Ni podía tampoco tener mayores proporciones, porque después de un bloqueo de cerca de un año, se carecía de todo en Arica.

De más está decir que el coronel Bolognesi ocupaba el asiento de honor, como así mismo que la conversación versó sobre los preparativos que se hacían para que la defensa resultase eficaz.

Llega la hora del brindis y Ugarte pónese en pié para ofrecer la manifestación en frases impregnadas en el aroma delicado de su alma. Dijo de la suerte que se deparaba a las escasas legiones ariqueñas y del pensamiento que animaba a todos y a cada uno en esos momentos supremos en orden a la defensa; y, desnudando su espada gloriosa, tendióla sobre la mesa, invitando a los presente a desenvainar y ratificar el juramento que habían prestado en la junta de guerra, de morir antes que rendirse!

Fue escena imponente, conmovedora; sobre la cruz de sus espadas todos repitieron el juramento propuesto.

El subprefecto Sosa, que se halló entre los presentes, nos decía que la emoción patriótica sacudió, todo su ser.

Bolognesi agradeció el agasajo y las frases pronunciadas en su elogio por el coronel Ugarte. Estuvo inspirado al referirse a las desgracias de la patria en la dura prueba a que el destino la había sometido.
Tanto este discurso como el de Ugarte, fueron entusiastamente aplaudidos.
También hicieron uso de la palabra el comandante La Torre, los viejos coroneles Inclán, Arias y Araguéz y Varela; cerrando el acto con llave de oro, para emplear la vieja metáfora, el comandante Sáenz Peña, que pronunció el más brillante discurso que hasta entonces se había escuchado de sus labios.

El verbo arrebatador del noble argentino conmovió visiblemente, como en el consejo de guerra, a los circunstantes; siendo de sentir que la historia no registre pieza oratoria de tan subidos quilates.

Pero nosotros, como al principio, decimos no podemos permitir que uno de los más hermosos sucedidos históricos de los muchos que precedieron a la jornada de Arica, permanezca ignorado.
 

Después de varias décadas podemos responderle al Sr. Vargas Hurtado que esta historia sigue aún vigente en la memoria de las generaciones del siglo XXI gracias a los alcances de la tecnología de las comunicaciones y permanecerá así como un testimonio de gratitud hacia esas personas que defendieron bizarramente el territorio nacional.

domingo, 25 de marzo de 2012

El coleccionismo como contribución al estudio de la Historia.

Por: Juan Carlos Flórez Granda.

No hay momento en nuestra vida que no hayamos encontrado algo que nos ha llamado la atención: algún objeto, una carta, un cuadro, etc. Y es que cada objeto, encontrémoslo o no, nos cuenta algo de historia y ese algo es lo que motiva a muchos, entre ellos yo, a investigar.

Muchas veces ignoramos la gran riqueza de vestigios y antiguedades que tenemos alrededor nuestro. Puede ser en un desván de la casa, en un terreno o en cualquier lugar del Perú que no sea considerado oficialmente dentro del patrimonio nacional.

Hoy podemos ver con mucha regularidad la demolición de casas para construir edificios pero pocos se preguntan qué puede haber debajo del suelo. Sin duda con un detector de metales nos encontraremos con varias sorpresas. Al igual que no muchos prueban sus detectores en las playas para encontrar objetos que la arena haya escondido, existen personas dedicadas a buscar esos objetos a fin de reconstruir hechos ocurridos durante el siglo XIX, por citar una fecha específica, registrando, con todos los avances que la tecnología actual nos permite, y aportando un granito de arena al conocimiento histórico en lugares que poco a poco se van urbanizando por desconocimiento o falta de interés por seguir conservándolos.

En el Perú este tema no es ajeno y vemos, por ejemplo, como huacas enteras van desapareciendo para construir encima modernos complejos habitacionales o quizás una avenida olvidándonos de rescatar esa parte de nuestro pasado. Y es que el país es tan rico que nos es común convivir con ello e irónicamente perdemos interés. Es común ver en muchas casas algún huaco que adorna un rincón, comedor o biblioteca sin saber de qué cultura es o qué utilidad tiene.

En mi caso particular me interesa el conocimiento del pasado tanto en documentos como en el campo. Poder comprobar in situ lo que un documento dice y este punto es tan apasionante que hasta un insignificante botón nos puede contar mucho.

Por citar un ejemplo, en una de mis investigaciones de campo en el año 2007, mientras recorría un antiguo campamento chileno en el sur de Lima, encontré entre tenedores, balas, monedas, botones, todas estas fechadas hacia el año 1880, un botón de peltre oxidado que se diferenciaba de los otros encontrados pertenecientes al ejército chileno. Este botón era de color plomo y acuñada rústicamente. Por el reverso y en el medio del ojal se podía ver claramente una línea de costura algo artesanal.

Lo más curioso fue que en la cara principal del botón se podía leer la inscripción “Imperial Alexandro” en un tipo de letra poco común para los datados en esa época. Es más, todo parecía indicar alguna fecha anterior. Antes de recogerlo procedí a registrar en GPS el lugar donde estaba enterrado y posteriormente iniciar el proceso de restauración con elementos químicos especiales para este tipo de trabajo.

¿Pero qué nos puede decir un simple botón y qué puede aportar al conocimiento más que el puro capricho de coleccionarlo? Este botón nos puede contar su pasado, quien lo usó, con qué motivo y el por qué fue a terminar precisamente en un campamento del año 1880.

Para cualquiera que le interesa ahondar más en el tema y perder valioso tiempo, como el que escribe, buscando el origen de todo,  es un tema más que apasionante y la ansiedad por poder encontrar las respuestas resulta a veces estresante pero a la vez muy gratificante.

El segundo paso a seguir fue introducirme en los archivos y bibliotecas. Para los que no tienen mucho acceso a estos existen hoy día infinidad de recursos en internet como libros digitales y foros especializados en coleccionismo donde uno puede consultar, resultando este pasatiempo algo muy entretenido y divertido a la vez que uno va aprendiendo de nuestro pasado.

Después de algunas consultas del caso me sugirieron leer las memorias del general Andrés García Camba, militar español que tomó parte en las últimas campañas libradas en el Perú por los españoles, ya que probablemente la pieza encontrada databa de principios del siglo XIX durante la época de la Independencia.

Efectivamente pude encontrar en varios libros a quien pertenecía el botón: al Regimiento Imperial Alejandro. Consultando foros especializados me confirmaron que el Imperial Alejandro tiene su origen en el cambio de nombre que en el año 1818 sufrió el 2do. Batallón del Extremadura. Este había formado parte de la División de Canterac en 1821, participando en varias acciones en Lima y Callao.

Teniendo este dato me faltaba el por qué fue a parar cerca de una playa del Sur de Lima junto a otras piezas de posterior fecha. Y esa respuesta la encontré en las memorias de García Camba.

El 25 de agosto de 1821 sale una columna dirigida por Canterac con la finalidad de abastecer de víveres al Callao y para ello parten de Jauja 2500 infantes, 900 caballos y 9 piezas de artillería de a 4.

“…Desde los cantones del valle de Jauja á Santiago de Tuna, atravesando los Andes de oriente a occidente, nada de particular ocurrió porque apenas hubo ocasión de disparar un fusil. Cerca de Santiago de Tuna cayó en poder de una partida enemiga el teniente coronel don José García Soéoli, agregado al E.M., y fue muy fatal este incidente porque pudo San Martín enterarse de la fuerza realista, y acaso por ese dato resolverse a no abandonar Lima. En el pueblo de Tuna dividió Canterac la fuerza en dos columnas, que habían de tomar distintas direcciones para volver a juntarse en la hacienda de Cieneguilla: La infantería con el mismo comandante en jefe siguió un rumbo medio entre la quebrada de San Mateo, que desemboca 6 leguas de Lima, y la del Espíritu Santo que está más al sur, siendo precisamente su objeto poner en duda al enemigo sobre el verdadero punto de descenso a la costa; y la caballería con el 2do. Batallón del primer regimiento que mandaba D. Francisco Narváez, la artillería, el ganado y los bagajes bajaron directamente a la Cieneguilla…”

Seguidamente parte del batallón dirigido por Canterac, entre ellos el Imperial Alejandro se pierde en el camino:

“…El brigadier Canterac con la infantería, después de haber significado durante el día decidida tendencia a desembocar por la quebrada del Espíritu Santo, que conduce a la Cieneguilla, y sin guía y a rumbo se determinó a descender en la persuasión de no hallar una extraordinaria dificultad; pero acaso militar alguno sufrió engaño mayor. Sin camino de ninguna especie, sin agua en un terreno arenoso y ardiente, acosados los hombres y las bestias de una sed devoradora, después de una marcha de 10 leguas a 12 de la equinoccial, los jefes, los oficiales y la tropa se arrojaron a bajar por donde ningún ser humano habría andado jamás. Allí se perdieron mulas y caballos con la mayor parte de las maletas de gurupa, allí hubo piernas, brazos, cabezas y cuerpos estropeados, porque los hombres y las bestias rodaban a la par de precipicio en precipicio; allí hubieron muchos que recurrieron a sus propias orinas para mitigar su mortal sed, y con igual fin mascaban otros las áridas cortezas de algún arbusto que por fortuna encontraban;  allí varios bravos desesperanzados se tendían en el suelo como resignados con su fin, mientras otros se esforzaban por continuar el descenso con la lisonjera idea de hallar agua en el fondo de la quebrada…”

Al final llegaron a encontrar agua en el margen del rio Lurín, muy cerca del lugar donde se encontró el botón.

Como se puede apreciar, un pequeño botón nos ha dicho mucho de su origen y destino. Con un poco de esfuerzo se aprende algo más de nuestra historia, nos obliga a investigar, leer, consultar  y apreciar ese pequeño objeto. 

Coleccionar es un pasatiempo muy gratificante por la  cantidad de información que podemos obtener y en el Perú tenemos muchos recursos para hacerlo. La arqueología urbana es una parte desconocida en nuestro medio. Ignoramos que, quizás al lado donde vivimos existe un terreno, una futura construcción y entre la tierra disturbada podemos encontrar mucha historia. El Perú está repleto de vestigios que ignoramos y esa riqueza muchas veces va a parar a la Costa Verde como relleno para ganarle al mar.

Poco a poco podemos formar nuestra colección y contribuir en el futuro a realizar exposiciones y para ello, y no tener problemas, debemos ceñirnos dentro del marco de la Ley de Patrimonio. Eso supone un pequeño esfuerzo pecuniario equivalente a un cine menos al mes o cualquier pequeño gusto que nos pudiéramos dar pero la ventaja es que esa colección va a estar en buen recaudo y pasará a formar desde ya, parte del patrimonio nacional.

 El mencionado botón Imperial Alejandro está debidamente inscrito en el  INC como Registro Nacional No. 0000089613